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martes, 26 de julio de 2016

Este relato lo escribí por gusto, con palabras que me propusieron unos amigos. Espero que os guste.

Suena el despertador. Son las siete de la mañana. El sol atraviesa la habitación, y las suaves cortinas de seda que visten el gran ventanas bailan impulsadas por la fresca y pura brisa del mar que azota mi cara. Me incorporo, y observo el paradisíaco paisaje que se extiende a los pies de mi cama. Playas de fina arena bañadas por un mar azul, el cual mi vista no alcanza a distinguir del horizonte. Pero algo lo hace más especial aún. Tu presencia al otro lado de la cama. Me acerco a ti y te observo. Tu pecho sube y baja lentamente, al compas de tu relajada despiración. Siento la necesidad de acariciar tu desordenado pelo. Al hacerlo, se dibuja en tu rotro una tímida sonrisa que me mata. No dices nada, y yo tampoco. No me atrevo a romper el silencio de tal magestuso lugar. Tan solo me acurruco más a ti, y continúo acariciando tu suave melena, hasta que noto que nuestros pechos suben y bajan al mismo compás, y poco a poco, Morfeo me arrastra a sus cálidos brazos...